1 12 2009

Tengo un negocio de compra y venta de antigüedades en mi barrio desde hace muchos años. Eso logró la confianza de mis vecinos y clientes de los alrededores, dado que aplico una ganancia del 10% sobre el valor de la obra y antes de comprarla me tomo mi tiempo para sacarle el mejor precio, averiguando en el mercado su cotización. Bien, aquí va un incidente que me ocurrió con la señora María, recomendada por una muy buena clienta.

El cartel en la puerta del local reza “Abierto de 10 a 13hs. y de 16 a 20hs”. Ese día martes, por fiaca o descuido, llegué al negocio diez minutos tarde. La señora M me estaba esperando sentada en el banco que está fijo en la vereda, un banco de plaza que compramos entre todos los vecinos comerciantes.

Cuando puse la llave en el candado de la reja, me llamó por mi nombre, y me dijo que venía de parte de mi clienta, la señora Lucía, y que vivía cerca. Me explicó que tenía un cuadro muy importante en su domicilio, y si lo podía ir a ver para darle precio, pues tenía una urgencia económica, para el mismo día. Sin más, me fui con la señora hasta su casa y me mostró la obra. Un óleo bastante cotizado en el mercado, pero para comprarlo o venderlo es importante hacerlo ver por un tercero porque se trata de valores altos y obras muy fáciles de copiar por los especialistas. Le dije a la señora María que con las fotos de mi celular era suficiente y que tendría que volver a su casa con un socio mío, R, especialista en el tema. Bien, perdí todo el día tratando de ubicarlo y dejando mensajes para él en todos los lugares posibles. Mientras , R se había conectado con la señora María en la puerta de mi negocio y había llegado a un acuerdo sin esperarme.

Por supuesto, que perdí mi 10%, y gané en cambio conocer un enemigo. Mientras en mi barrio sigo teniendo muy buena imagen.

Antonio

Anuncios




Un domingo más

13 10 2009

Desde hace unos cuantos años, los domingos alrededor del mediodía, me encuentro con mi primo Luis en un bar de San Telmo que se llama Pedro Telmo y es muy antiguo. Es que mi Señora y yo tenemos un puesto justo en la plaza Dorrego, justo frente al bar. Es un ritual, mientras Mona atiende el puesto, yo me cruzo a la esquina y estoy con Luis tomando una cerveza negra y alguna picada. Charlamos y nos contamos nuestras intimidades cotidianas o anécdotas, etc. Entro al café, lleno de turistas y locales como siempre lo está a esa hora, pero tenemos una mesita que Manuel, el mozo, siempre nos saca de la galera.

Luis: -¿Qué te pasó el domingo anterior que no viniste?

Toni: -Angina, carajo. Me quedé en casa y Mona se hizo cargo sola.

Luis: -Tengo algo que contarte que me dejó toda la semana boludo. Aquí va… Entré cerca de las 14 horas y estaba el boliche colmado, y como vos no estabas Manuel había dado la mesa a otra gente. Un loquero, mucho turismo, y aparte un domingo hermoso. Cuando me estaba retirando miré a mi derecha a una chica que estaba sola y la silla que tenía frente a ella estaba vacía y sin vaso o plato, sola. No me lo esperaba, me vio buscando lugar y me hizo un ademán con su mano ofreciéndome un lugar. Imaginate, ni lo pensé, me senté y le dije, gracias. Me contestó en alemán y quedé descolocado. Aquí viene lo que te voy a contar y todavía no salgo de mi asombro., impacto o sorpresa. Estuvimos dos horas charlando en distinto idioma. Pero era igual, nos reíamos de la mujer estatua que estaba en la vereda, ella en alemán y yo en español. Pero no podía dejara de mirar sus ojos. Dos aceitunas negras hermosas y con mucha vida. Eran esos ojos los que me hacían entender en cualquier idioma, una mujer muy atractiva; y así pasaron un par de horas, cervezas negras, y maní. Bebía como un vikingo, nos reímos como dos camaradas que hace años que no se ven. En un momento dado, entró una amiga que estaba recorriendo los negocios aparentemente le dijo que era hora de partir. Me puse de pie y me la presentó con un nombre imposible de traducir. Retiré su silla para que se levante y en ese instante la miré. Era lo más femenino y llamativo que había visto en años, una chaqueta de jean haciendo juego con sus vaqueros, un cuerpo perfecto, pero sus ojos, los quería ver bien de cerca. Me puse de frente a ella y le dije, “pequeña, sos hermosa, quiero saber tu nombre, el mío es Luis”, me miró, y con una franca sonrisa me contestó en un español mezclado con no sé qué… “mi nombre es Franz, y nunca me divertí tanto, de este viaje, este momento hasta ahora, fue lo mejor”. Se fue. Lo llamé a Manolo y le dije: “Otra cerveza, y te quiero preguntar algo, gallego, por casualidad, ¿no te llamás Helga?”. Manolo me miró, se encogió los hombros y me dijo: “¿Estás seguro que querés otra negra?”. Y nos reímos, nos reímos mucho y quedamos mirando hacia la vereda apostando cuántos Franz y cuántas Helgas había en este momento en la feria… Esos ojos negros, Toni, no me dejan de mirar. Chau, hermano, hasta el domingo, ¡no me falles!

Antonio